domingo, 26 de noviembre de 2017

Dos años y un ciclo.



Cuando una decide escribir un libro (al menos cuando lo decidí yo) puede escoger varios caminos. Cuando empecé a escribir y a dar forma a lo que quería crear, enseguida me di cuenta de que yo sólo podía escoger uno. Y era el de darlo todo.

Probablemente lo más complicado de escribir un libro y publicarlo, para mí, fue asumir la idea de que si lo hacía, debía ir con todo; y con todo lo que ello implica. Abrirme en canal, intentar expresar con el máximo detalle posible cada sentimiento y cada razón que me había llevado hasta ahí. Hasta Alma de Superhéroe.

Escribir un libro desde las entrañas es empezar un ciclo muy difícil de continuar, muy difícil de mantener a la altura y muy difícil de (algún día) cerrar.

Por eso, dos años después y tras pensármelo mucho, decidí que algo tan especial como Alma de Superhéroe merece hacer una parada igual de especial (o más). 

Hablar sobre el origen de Alma de Superhéroe es hablar de una persona. Una persona que me cambió la vida para siempre, que de algún modo, me la dio… y de algún otro modo también me la “quitó”. 

Escribir sobre ciertas cosas, meterlas en un libro y echarlas a volar es una gran responsabilidad. Hablar de amor, de amor infinito, de amor de mi vida; hablar de siempre, hablar de para siempre; hablar de un montón de cosas que, si yo no creyera de verdad, no tendría sentido hablar.

No tendría valor ninguna de esas páginas si hoy no pudiera seguir creyendo que soy un alma de superhéroe. Que, aunque seguramente hoy ya no las escribiría igual, sigo siendo leal y fiel a cada palabra porque de verdad salieron de lo más profundo de mí. 

Escribí ese libro para, de alguna forma, salvarme. Para vaciarme. Para recomponerme. Para liberarme. Para hacer algo eterno. Para que algo se fuera. Para que algo llegase. Y creo que todo eso es ser un superhéroe. Hacer lo que una necesita para salvarse y para salvar a otros. Sea lo que sea. 

Hace dos años, un día como hoy, no sabía qué me iba a deparar el futuro. No sabía si había hecho lo correcto, si merecía la pena haber hecho a alguien inmortal en esas páginas y haberlo hecho con tanto amor. No sabía si algún día ella lo leería. No sabía si volvería a verla. No sabía nada y aún así, nunca dudé ni un segundo de que nunca iba a arrepentirme de ninguna de mis palabras porque siempre supe que más allá de las circunstancias, de la vida, de la distancia, de ella y de cualquier otra cosa o persona; estoy yo. Y yo hace ya casi diez años que tengo claro que empecé a quererla en algún momento que no puedo ni identificar, y que nunca iba a dejar de hacerlo.

Y eso es lo único cierto, lo único que sé, lo único que no cambia y lo único que depende de mí. Que voy a quererla siempre, que esas letras siempre van a ser verdad, en cualquier momento en el que sean leídas, seguirán siendo verdad. Seguirán siendo verdad y seguirán siendo para siempre. Y no sé cuánto de lejos o cerca estaremos mañana, en un mes o dentro de otros diez años, pero seguiré latiendo (al menos en una parte) a ese compás. 

No ha sido fácil y probablemente no vaya a serlo nunca, encontrar siempre un punto en el que volver a encontrarnos. Encontrar siempre un sitio al que volver. Porque a veces nos hemos ido tan lejos que una ya no recuerda el camino. A veces hemos sentido incluso la palabra nunca. Hemos sentido que no, que no se podía, que nunca podríamos. Hemos sentido un montón de cosas y no todas han sido de las que dan aire; hemos sentido también las que ahogan, las que aprietan, las que escuecen.

Pero al final “las luces te guiarán a casa”. Al final siempre pesa más lo bueno, siempre tira del corazón una fuerza poderosa que nos arrastra hasta volver a fundirnos en un abrazo que, a pesar de todo, siempre es como el primer día. 

Y no, no es necesario que una relación dure toda la vida para que entre dos personas exista un amor verdadero y eterno. Lo que hace que sea amor y que sea verdadero es esto. Es seguir teniendo estas palabras para alguien que es todo lo que yo nunca sería. Para alguien capaz de hacerme dudar mil veces si debería estar escribiendo esto, antes de escribirlo. Para alguien que (creo) aún no es un alma de superhéroe pero que sigo teniendo fe en que llegará a serlo. 

Alguien que me ha hecho dudar mucho, llorar, crecer, aprender y VIVIR.

Alguien que sigue siendo también todo eso por lo que la quiero, que hace la vida fácil, que entiende que la vida es solo disfrutar, que nada es tan importante. Que me hace reír siempre. 

Alguien que intenta también entender mi manera de ser, de hacer y de sentir; y adaptarse, a pesar de tener maneras tan absolutamente distintas. Alguien que a pesar de todo también sigue siendo mi hogar. Que cuando busca el suyo, me encuentra a mí. Alguien que no dudó ni un segundo cuando le conté que tenía esta idea. 

Alguien que sigue siendo todos los recuerdos, sigue siendo Juanes, Manuel Carrasco, “ese pedacito que me sabe a poco”. Sigue siendo “Dig”. Y nunca quitará el seguro antes de que yo abra la puerta; y yo nunca esperaré que quite el seguro para abrirla. 

Y para algunas cosas puede que nos llegásemos demasiado pronto, y que ya siempre vaya a ser demasiado tarde. Pero para el alma, nunca habrá tiempo. En lo importante, en lo valioso, somos atemporales. Ni pasado, ni presente, ni futuro. Porque como dice Juanes, “para tu amor no hay despedidas, para tu amor yo solo tengo eternidad”


Escribir un libro desde las entrañas es empezar un ciclo muy difícil de continuar, muy difícil de mantener a la altura y muy difícil de (algún día) cerrar.
Tardó un año en aterrizar en sus manos, y otro año más para ir recolocándonos pieza a pieza. Pero ahora sí, el ciclo está cerrado. 

Gracias.

Y felices dos años, Alma de Superhéroe.

 



“Montañas de sal, mi luz mi puerto, mi lugar…”

domingo, 19 de noviembre de 2017

Paraísos



Llevo casi treinta años viviendo en Moratalla y, hace demasiado poco tiempo, he empezado a reconocer de verdad lo que significa eso. Hace demasiado poco tiempo que camino por estas calles mirando alrededor y viendo, realmente, la inmensidad de todo lo que me rodea.

Llevo casi treinta años viviendo en el paraíso y la mayor parte de ese tiempo no he sido consciente de ello. Porque cuando tienes el paraíso en casa, muchas veces, no te das cuenta. 

De repente, empiezas a ver las calles llenas de gente que viene de fuera, que viene de lejos; para disfrutar de algo que tú tienes la suerte de disfrutar cada día de tu vida. Gente que viene buscando un paraíso, buscando una cura, buscando todo eso de lo que tú llevas rodeado toda la vida.

Supongo que es porque, a veces, las cosas solo se ven bien desde lejos. Hay bellezas que no se aprecian si te acercas demasiado. Perspectivas quizá. 

Debo reconocer que desde que fui consciente de esto, camino distinto, disfruto distinto, miro distinto. Me siento más afortunada de ser de donde soy e intento recordarlo cada momento que estoy aquí y cada momento que estoy lejos.

Después de darme cuenta de eso, lo siguiente que me vino a la cabeza es que con las personas ocurre exactamente lo mismo. Nunca vemos bien a quienes más cerca tenemos. Nunca valoramos suficiente a quienes más cerca tenemos. Nunca nos sentimos suficientemente afortunados de rodearnos de quienes nos rodeamos.

A veces se nos olvida, se nos pasa. Y hace falta que venga alguien de fuera, alguien de lejos, buscando su paraíso para que te des cuenta de que tú lo tenías sin moverte de casa. Porque hay personas que son paraíso, que son inmensidad, que son casa, que son cura, que son salvación. Y muchas las tienes al lado cada día y no las miras. No aprecias cierta belleza porque a veces, desde cerca, se distorsionan las imágenes.

Y como yo no quiero que eso me siga pasando, intento con todas mis fuerzas mirar bien, fijar la vista, tener al máximo siempre todos mis sentidos. Para no perderme la belleza de lo que tengo cerca, ni lugares, ni personas. Y he empezado a vivir intensamente la sensación de tener al lado a alguien y decirme en lo más profundo “qué suerte tengo”. 

Cuántas querrían besar esa boca y sin embargo, la estaba besando yo. Cuántas querrían ese abrazo fuerte que me estaba dando a mí. Cuántas querrían tener cerca lo que tengo yo. ¿Cómo podría no ser consciente de eso? ¿Cómo podría no disfrutar el doble de cada una, sabiendo que otras vendrían de lejos para estar en mi lugar, para encontrar su paraíso?

Incluso yo, quizá, he sido paraíso, hogar o cura para otras que desde cerca no pudieron, no quisieron o no supieron verlo.

Y eso es lo último que he aprendido. Que nadie deja de ser inmensidad aunque los que están cerca no sepan apreciarla. Moratalla siempre fue paraíso, incluso cuando no la respiramos con la suficiente fuerza. Y tú, has sido siempre maravillosa incluso cuando no te valoraban suficiente.

Incluso yo, quizá, he sido la suerte de alguien que en ese momento no se dio cuenta. Y no pasa nada, a veces, algunas personas solo se despistan.

Se despistan, se equivocan, no pueden o no están listas para ver la inmensidad, la belleza, la suerte. Puede que no estén listas para verlo ni en sí mismas. Y esa es otra cosa que acabo de aprender… 

Las personas que no saben que son inmensas no están listas para que tú aprecies su inmensidad.  

 


miércoles, 25 de octubre de 2017

Recordar o Imaginar



Hace tiempo que me pregunto cómo es posible extrañar lo que nunca ha existido. Echar de menos lo que no has tenido, lo que no has vivido. Porque de lo otro ya sabía mucho, del dolor de lo que fue pero ya no. De lo que tuve pero terminó. Y creía que ese sería incomparable.

Qué (maldita) sorpresa descubrir que sí, que se puede comparar, que se parece, que incluso a veces es más difícil de combatir.

Porque antes había muchos lugares que dolían porque respiraban su esencia. Calles que no quieres pasear porque un día lo hiciste de su mano. Y duele. Pero esa calle se puede evitar y vetar. Se rodea, se camina por otro sitio, se da una vuelta más larga y no la sientes, no la revives y no te duele. 

Pero no se pueden evitar todas las calles por las que imaginas pasear con alguien. No se pueden vetar calles porque son todas. Porque cada lugar que visitas, que ves, que respiras y que sientes está vacío de alguien que nunca ha estado, pero está impregnado del deseo de que estuviera. Y contra eso es imposible pelear.

Las canciones que escuchabas con alguien, las que cantasteis a viva voz en el coche, las que bailasteis en el salón… esas se pueden silenciar. Se ponen en pausa hasta que dejen de doler. Pero todas las que nunca has escuchado son infinitas, suenan en cualquier lugar, en cualquier momento; y no puedes silenciarlas. Las que te habría gustado gritar en el coche con esa persona al lado pero jamás han sonado.

Al final, todo lo que has vivido se te queda en la piel, en la sangre, en la memoria, en el corazón. Las canciones, los lugares, las costumbres. Las entradas de los conciertos que compartisteis, del cine, de los restaurantes. Las fotos, los viajes. El día a día. Todo eso a veces duele, va contigo, es parte de ti, de lo que eres. Pero se puede meter en una caja, se puede recopilar, guardar y, mientras duele, se puede esconder. 

Pero todo lo que no has vivido se te queda en el alma, en la sangre también, en cada fibra. Las canciones que no escuchasteis, los lugares que no visitasteis, las costumbres que no llegasteis a tener. Los conciertos que no compartisteis, las fotos que no os hicisteis. Los viajes que no llegaron. Todo eso también duele y, además, no puedes meterlo en una caja. No puedes tocarlo, sentirlo. No puedes quemarlo, guardarlo. No puedes ponerlo en pausa. No puedes esconderlo. No puedes porque no existe, pero está en ti. 

Y yo pensaba que nada podría escocer más que lo que recuerdo. No sabía cuánto podía llegar a escocer todo lo que imagino.

Porque con los recuerdos, con todo lo que viví y se acabó, puedo escribir un libro. Con todo lo que no he vivido podría estar escribiendo toda la vida. 

Lo que pasó, sé por qué pasó. Lo que no ha llegado a pasar, nunca sabré por qué.

De lo que compartí, sé lo mejor y lo peor; la luz y la oscuridad. De lo que nunca he compartido no puedo elegir.

Así que creo que duele igual aunque pareciera mentira. Pero que luchar contra lo que no existe es (si cabe) más difícil. Es pelear a ciegas, sin armas. Es estar en desventaja. Es ir contra tu deseo más profundo, contra lo que te habría gustado vivir. Y de eso una no se deshace fácilmente. Porque es, de alguna forma, deshacerse de sí misma.

Y supongo que, puestos a elegir, elegiría siempre luchar contra mis recuerdos que contra mi imaginación. Elegiría siempre vivirlo que no saber nunca cómo habría sido. Prefiero dejar mi alma en algo que ES (o fue) que en algo que PODRÍA HABER SIDO.

martes, 3 de octubre de 2017

La mayor locura.



Cuando te plantean la pregunta de qué es lo más bonito, raro o loco que has hecho por amor (y hablo de todas las clases de amor que se nos ocurran) siempre pensamos en regalos, en detalles, en cruzar el mundo para dar una sorpresa… en cosas que cuestan mucho trabajo, esfuerzo o dinero. Piénsalo, ¿cuál es la locura más grande que has hecho por amor? 

Yo creo que todo eso es bonito, todo el mundo lo hace a veces, a todos nos gustaría que lo hicieran por nosotros y ojalá nunca se acabe. Ni las sorpresas, ni los detalles, ni los regalos, ni las cosas que hacemos para hacer feliz a esa persona, o para conquistarla, o para reconquistarla. 

Pero lo que de verdad es lo más bonito que alguien puede hacer por amor no cuesta dinero, ni necesita que te muevas del sitio. La locura verdadera que una persona hace por amor es volver a creer en él. Es volver a entregar tu corazón sin condiciones después de que te lo rompieran. Volver a arriesgarte. Volver a ponerte en primera línea, desarmada y con las manos en alto. 

Es saber que todo lo que te costó tanto reconstruir puede hacerse mil pedazos otra vez y sin embargo, sentir que va a merecer la pena. Lo más grande que una puede entregar por amor es eso, su amor. Que vale mucho más cada vez lo entregas y no sale bien. Vale más a medida que entiendes que no todo es siempre bonito, a medida que descubres que a veces duele. Vale más cada vez que eres consciente de cuánto tienes que perder, de cuánto arriesgas, de cuánto cuesta salir, de cuánto todo. Vale más cuando sabes todo eso y te la vuelves a jugar. 

Lo más bonito, lo realmente valioso, lo más grande y fuerte que alguien puede hacer por ti es ponerse a tiro y confiar en ti a pesar de todo lo que arriesga. Es creer que vales más que todo lo que algún día podrías llegar a dolerle. 

La locura más grande que se hace por amor es volver a enamorase. 

Lo mejor que se me ocurre que podría hacer por alguien (por ti) es jugarme el alma (de superhéroe) aún sabiendo que voy a perder otra vez. Hacerlo como si no lo supiera, como si no me hubiera llevado años reconstruirme, rehacerme y volver a creer. Como si no existiera el pasado, ni el mío ni el tuyo. Como si tú tampoco te hubieras destruido nunca, como si no hubieras dejado de creer. Como si estuviéramos en blanco, sin ensuciar, sin arrugar, sin estropear. Como si nada nos hubiera pasado antes y nos hubiera dejado en ruinas.


Y si no. Si eso no es suficiente, si no sirve, si no funciona… la segunda cosa más bonita que creo que se puede hacer por amor [supongo] es apartarse.